A dos cuadras de la plaza de Espita, esta casona fue hogar de una familia espiteña, luego cantina popular, y pasó treinta años en silencio. La arquitecta Laura Lecué y Alan Montfort la devolvieron a la vida del pueblo: recuperaron la construcción original con cal, piedra y chukum, y sumaron al fondo del jardín tropical un cuerpo contemporáneo con ocho habitaciones y la alberca.
Está en la ruta porque su restauración se hizo con los oficios del pueblo, con nombre y apellido: el bejuco, la alfarería, los bordados, la carpintería de Espita. La casa no está en el pueblo: es del pueblo.